Hace apenas una década, el avellano europeo era todavía una apuesta en expansión. Hoy, es uno de los cultivos que mejor explica la transformación silenciosa del agro chileno.
En 2014, el país registraba poco más de 8 mil hectáreas plantadas. Doce años después, esa superficie ya supera las 65 mil hectáreas, según cifras entregadas en el Meeting de Agrichile realizado en Linares el pasado miércoles 25 de febrero. En términos prácticos, el avellano multiplicó por más de 8 su presencia territorial en apenas 12 temporadas, avanzando con fuerza desde el Maule hacia el sur, donde ya redefine el mapa frutícola de regiones completas como Ñuble y La Araucanía.
El crecimiento en hectáreas no tardó en traducirse en volumen. Con una cosecha del orden de las 120 mil toneladas en cáscara para el año 2025, según cifras del International Nut and Dried Fruit Council, Chile se consolida como el segundo productor mundial después de Turquía.
Hace poco más de una década, ese lugar parecía impensado: hoy es una posición que el propio mercado internacional reconoce.
Pero el verdadero punto de inflexión está en el valor exportado. En 2018, las exportaciones de avellana sumaban poco más de setenta millones de dólares. Para 2025, esa cifra superó los quinientos millones. Es decir, en siete años el negocio multiplicó casi por siete su tamaño en términos de retorno comercial.
El salto más elocuente ocurrió en el último tramo: entre 2024 y 2025, el valor exportado prácticamente se cuadruplicó, y el inicio de 2026 mostró un crecimiento interanual extraordinario.
El contexto también juega a favor. Mientras otros frutales enfrentan volatilidad y dependencia de mercados concentrados, la avellana se inserta en una industria distinta: cerca del 70% del consumo mundial está vinculado al chocolate, un mercado más estable y menos expuesto a la especulación de la fruta fresca.
En ese escenario, el avellano europeo en Chile no es solo un cultivo en expansión, es una reconversión productiva en marcha y, en definitiva, ya consolidada.






